Del Potro ya es número 4 del mundo y está en las semifinales de Roland Garros

Se quiebra Juan Martín del Potro, cuando charla frente a un estadio que se parece a un hervidero, delante de Fabrice Santoro, que con el micrófono en su mano -luego de años de románticas clases a cielo abierto-, se disfraza de periodista. Le recuerda el pasado: todo lo que superó Juan Martín. Allí es cuando se descarga con una emoción conmovedora. Es un primaveral día de pleno sol en París, ideal para disfrutar de la vida. Del Potro, ahora mismo, deja atrás las tres operaciones de muñeca, aquella inclinación a arrojar las raquetas al demonio de una vez y para siempre, esa vieja historia de volver, caer y levantarse. Ahora, cuando alcanza las semifinales de Roland Garros, luego de nueve años, mientras espera el desafío mayúsculo contra Rafael Nadal, y vuelve al escalón más alto de su carrera, el 4° mundial, es cuando no hay que dejar de mirar hacia atrás. La vida de Juan Martín es una historia de hazañas condimentados de dramas con un final feliz, esperanzador.

Acaba de superar al croata Marin Cilic por 7-6 (7-5), 5-7, 6-3 y 7-5, con otra demostración de furia desde el fondo de la pista y una determinación arrolladora. Le gana a un viejo amigo, algo así como un juego de padres e hijos: le lleva una ventaja de 11-2 en el historial y las ocho últimas seguidas, que incluyen la más grande, en la final de la Copa Davis, en Zagreb. Deja atrás algunos pasajes de fastidio, como cuando pierde el servicio durante el segundo parcial, con una doble falta provocada, supuestamente, por un espectador con pocos códigos y muchos gritos. Insulta, tira la raqueta. Y vuelve al partido, enfocado. Todo, pero todo, en una cuestión de segundos.

Su anterior semifinal en París fue un juego de emociones de alto voltaje contra el suizo Roger Federer en 2009, cuando su Majestad logró por única vez París. Fueron cinco sets, parecieron diez: volaron chispas sobre la Chatrier. Alcanzar su mejor marca histórica en Francia tiene un valor agregado extraordinario: no iba a jugar. El desgarro grado 1 sufrido en Roma tuvo una rápida evolución. “Voy a probar si llego hasta último momento”, había contado. Llegó, con el combustible medido. Se amigó con las pistas de ladrillo, que tanto lo martirizan. Juega en París como si se tratara de Nueva York, se desliza como si pisara el cemento.

Es el cuarto del ranking mundial. La última vez que escaló a ese casillero fue el 11 de enero de 2010, meses después de su coronación en el US Open, luego de un 2009 de ensueño. Aunque ahora, lo que más le interese sea dar el golpe de su vida contra el español, casi, casi, imbatible en tierra. Diego Schwartzman lo tuvo contra las cuerdas. apenas un suspiro. Un día después, fue un terremoto de pelotas pesadas y cambios de ritmo. El español no sólo tiene la cabeza más brillante: juega con una intensidad extraordinaria en casi todo momento.

Jugará mañana con Nadal, no antes de las 10.30 de nuestro país, en el segundo turno del otro choque rumbo a la final, el del austríaco Dominic Thiem y el sorprendente italiano Marco Cecchinato. La diferencia en el historial también le pertenece al mallorquín: 9-5. La última vez, en las semifinales del US Open, fue una paliza sobre cemento: 4-6, 6-0, 6-3 6-2. La última victoria de Delpo sobre el español fue en Río 2016, en la misma instancia. Fue 5-7, 6-4 y 7-6. “El partido con Rafa va a ser un gran desafío. Va a ser muy importante para mí”, asegura. Y el público se rinde a sus pies. Los franceses quieren que alguien acabe con el “martirio” de Nadal, el de los 10 grandes, el dueño de todo esto. Ese alguien puede ser el argentino.

Del Potro no se encoge. Le fascinan las citas con la historia, su combustible son las leyendas. Sabe que no tiene nada que perder. Y todo, pero todo, por ganar. La gloria lo invita.

Fuente: La Nación

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